Jonathan Benito (neurocientífico español) nos recuerda que la amabilidad no es solo un gesto bonito, sino una estrategia evolutiva que nos permitió sobrevivir, colaborar y evolucionar como especie.
En la charla titulada “La amabilidad es una estrategia de supervivencia” —disponible en YouTube— Benito plantea que, en biología evolutiva, “no sobreviven los más fuertes ni los más inteligentes, sino los que mejor se adaptan”. Y uno de los principales mecanismos de adaptación lo constituye la prosociabilidad: colaborar, ser amigable, generar vínculos.
Benito explica que cuando somos amables se activan redes cerebrales vinculadas a la empatía, el bienestar y el sentido de pertenencia. Ser amable no es débilesa, sino una ventaja para la salud mental y física: menos estrés, mejor integración social, mayor bienestar subjetivo.
Además, la amabilidad fomenta entornos donde la cooperación acelera el aprendizaje, refuerza los vínculos y facilita la evolución cultural. En su charla, Benito lo ilustra con el ejemplo de los lobos y los perros: la domesticación del lobo en perro es un caso de éxito evolutivo basado en la amigabilidad, no en la fuerza bruta.
El neurocientífico advierte que no se trata de ser amable sin límites, ni sumiso ante las circunstancias. Al contrario: la amabilidad va acompañada de límites claros, de saber cuándo decir “no”, y de elegir entornos donde la cooperación sea genuina. Así evitamos caer en lo que él denomina “indefensión aprendida” —cuando vivimos en un estado pasivo porque hemos dejado de creer que nuestras acciones importan.
Haz un pequeño gesto amable cada día —un saludo cálido, un agradecimiento auténtico— y observa cómo cambia tu interacción.
Reflexiona sobre tus entornos: ¿fomentan la cooperación o la competitividad destructiva? ¿Puedes elegir un entorno más prosocial?
Practica tus límites: ser amable también implica saber cuándo protegerte. La amabilidad no es sumisión, sino inteligencia social.