Hace poco tiempo tuvimos el placer de conocer a una encantadora pareja: Eduardo y Elizabeth, de 82 y 79 años, respectivamente. Son argentinos, aunque vivieron muchos años en Venezuela. Eduardo trabajó durante décadas como ingeniero en la industria, y Elizabeth tuvo una empresa inmobiliaria muy exitosa en ese país.
Actualmente viven en Estados Unidos y disfrutan de su hermosa familia y de una vida que podría considerarse más “retirada”. Sin embargo, ambos conservan una vitalidad increíble y mantienen una rutina de lo más activa y variada. Entre tantas actividades, Eduardo toca el violín en una orquesta local, lo que le exige estudio diario, ensayos semanales y presentaciones periódicas a lo largo del año. Toca ese instrumento desde muy joven y siempre mantuvo una práctica constante, incluyendo clases con profesores de gran prestigio.
Nos invitaron a cenar a su casa y fue una velada hermosa. En el living había una biblioteca frondosa, con libros de todo tipo y mucha literatura latinoamericana. En distintos rincones de la casa se veían objetos de colección que llamaban la atención. Entre ellos, unas antiguas cámaras de video Super-8 que había comprado en una casa de antigüedades de Buenos Aires.
Hacia el final de la noche, le pedí que tocara un poco el violín. Accedió de inmediato. Fuimos a su escritorio y por un rato admiramos la increíble belleza de ese instrumento. Luego comenzó a tocar una obra de Bach. Cuando sonaron las primeras notas, sentí que ese sonido tan maravilloso me llegaba directo al alma, y se me llenaron los ojos de lágrimas. Nunca había escuchado un violín desde tan cerca. Quedé maravillado. Fascinado. Entendí, en ese instante, la profunda atracción que este instrumento ha generado a lo largo de la historia de la música.
Mientras lo escuchaba tocar, pensaba que en ese pequeño objeto de madera se concentraban muchas de las claves de su vitalidad. El violín le exige atención plena, una coordinación finísima entre ambas manos, un oído siempre alerta, memoria musical, disciplina cotidiana y, sobre todo, emoción. Cada nota es el resultado de un diálogo permanente entre el cuerpo y el cerebro. No hay automatismos posibles: todo ocurre en tiempo real.
Pensé, entonces, que más allá de la belleza del sonido, había allí un verdadero entrenamiento cerebral de gran complejidad. A los 82 años, Eduardo no solo interpreta una obra musical: mantiene activos circuitos motores, auditivos, cognitivos y emocionales, construidos y reforzados a lo largo de décadas. Su violín no es solo un instrumento artístico, es también una herramienta silenciosa de protección cerebral.
Siento que la música no solo acompaña la vida: la expande, la ordena y, de algún modo, la cuida.
Se me ocurrió que este es un ejemplo sencillo y poderoso de algo que hoy confirma la ciencia: aprender y practicar un instrumento musical no solo embellece el alma, sino que también fortalece el cerebro. Y que nunca es tarde para seguir afinándolo.
No es necesario llegar a dominar un instrumento como lo hace Eduardo. El simple hecho de animarnos y esforzarnos por aprender puede ser una inversión muy valiosa a largo plazo.
La importancia de aprender un instrumento musical para proteger nuestro cerebro
La “pérdida de memoria” es un motivo de consulta frecuente en el consultorio de neurología. Muchas veces se trata de un problema real en una persona, pero en otras ocasiones es una preocupación anticipatoria de quienes tienen un familiar directo con deterioro cognitivo y quisieran saber cómo prevenirlo. “¿Qué puedo hacer para no perder la memoria con el paso del tiempo?”, nos preguntan.
En realidad, cuando hablamos de “memoria” solemos referirnos a algo más amplio: la preservación de múltiples funciones cognitivas, como la atención, el lenguaje, la planificación, la velocidad de procesamiento y la autonomía funcional. Es, por supuesto, una pregunta compleja, y existen muchas maneras de proteger la función cerebral a lo largo del tiempo, a medida que vamos envejeciendo.
La lista de recomendaciones no es tan larga y en ella siempre ocupan un lugar importante:
Suelo utilizar la analogía de que, cuando estamos aprendiendo algo nuevo, estimulamos las conexiones entre nuestras neuronas como si estuviéramos “regando las plantas” de un jardín.
¿Qué implica la estimulación cognitiva?
Hay muchas opciones: lectura y escritura reflexiva (por ejemplo, un diario personal), desarrollar el arte de la conversación, el debate y el pensamiento crítico, aprender un nuevo idioma, memorizar textos o canciones, participar en juegos de estrategia (como ajedrez o bridge), resolver problemas y acertijos, realizar actividades artísticas o creativas (dibujo, pintura, escritura creativa, teatro), enseñar a otros, planificar proyectos personales o viajes, practicar baile o actividades corporales con coreografía, y la participación en la comunidad —ya sea brindando algún servicio o colaborando en causas con las que nos identificamos—, entre muchas otras.
En general, las actividades que combinan desafío cognitivo, novedad y participación activa parecen ser las más beneficiosas para la salud cerebral.
Pero tal vez el mayor grado de estimulación cognitiva ocurre cuando tratamos de aprender algo nuevo. Al hacerlo, literalmente creamos nuevas conexiones y nuevos circuitos, o “senderos”, en nuestro cerebro, que con el tiempo generan lo que se conoce como reserva cognitiva.
Cualquier forma de aprendizaje es válida, pero la música constituye una plataforma particularmente eficaz para este proceso. Por eso, el ejemplo clásico que solemos dar a los pacientes es: “aprenda a tocar un instrumento musical”.
¿Por qué la música?
Aprender a tocar un instrumento es mucho más que adquirir una habilidad artística: es una de las formas más completas y potentes de estimulación cerebral que existen.
Desde el punto de vista neurocientífico, tocar un instrumento activa simultáneamente múltiples redes cerebrales: áreas motoras, auditivas, visuales, atencionales, emocionales y de memoria. A diferencia de otras actividades, combina en forma integrada estimulación cognitiva, motora y emocional, muchas veces en un contexto social. Pocas experiencias generan una activación tan amplia, coordinada y repetida en el tiempo.
La práctica musical sostenida se asocia con mayor reserva cognitiva, es decir, una mayor capacidad del cerebro para compensar el daño producido por el envejecimiento o por enfermedades neurodegenerativas. Diversos estudios observacionales muestran que las personas con entrenamiento musical presentan menor riesgo de deterioro cognitivo y demencia, o un inicio más tardío de los síntomas, aunque esto no implica una relación causal directa demostrada.
También se han observado cambios estructurales y funcionales en el cerebro de los músicos, especialmente en aquellos con entrenamiento prolongado, como mayor volumen del cuerpo calloso, modificaciones en la corteza motora y auditiva, y mayor conectividad entre ambos hemisferios. Esto refleja un cerebro más “entrenado” para coordinar, anticipar y adaptarse.
Además, tocar un instrumento requiere concentración sostenida, planificación, memoria de trabajo, control inhibitorio y monitoreo de errores en tiempo real. Estas funciones ejecutivas son esenciales para la vida cotidiana y suelen ser de las primeras en deteriorarse con la edad.
Por otro lado, la música modula circuitos emocionales y sistemas de recompensa, ayudando a reducir el estrés, mejorar el estado de ánimo y favorecer la motivación. Este último punto no es menor: al ser una actividad placentera, suele presentar una alta adherencia en el tiempo, un factor clave cuando pensamos en estrategias reales de prevención.
Y un punto fundamental: nunca es tarde para empezar. Aunque comenzar en la infancia ofrece ventajas, la evidencia muestra que iniciar en la adultez o incluso en la vejez también induce plasticidad cerebral y beneficios cognitivos medibles. El cerebro conserva capacidad de reorganización durante toda la vida.
En síntesis
Aprender un instrumento musical funciona como un verdadero entrenamiento cerebral integral: fortalece las conexiones neuronales, aumenta la reserva cognitiva, mejora funciones mentales clave y contribuye al bienestar emocional.
No garantiza evitar enfermedades neurológicas, pero sí aumenta de manera significativa la resiliencia del cerebro frente al paso del tiempo.